A los dieciocho años tiré La metamorfosis contra la pared.
Lo arrojé antes de comprender por qué. El rechazo había ocurrido en el cuerpo: Franz Kafka acababa de tocar un lugar demasiado próximo.
Había encontrado una imagen para algo que yo sentía y no sabía expresar: esa angustia sin argumento que a veces se abre dentro del ser humano, un vacío que no puede explicarse por lo sucedido el día anterior ni corregirse cambiando de vida. Kafka la había construido con un hombre atrapado en el cuerpo de un insecto.
Muchos años después sigo preguntándome qué ocurrió durante aquella lectura para provocar una reacción así. ¿Puede una obra modificar de verdad nuestra manera de mirar?
Gregor Samsa conserva la conciencia, los recuerdos, las preocupaciones y hasta el sentido de la responsabilidad. Sabe que debería levantarse para ir a trabajar. Escucha a su familia al otro lado de la puerta. Intenta explicarse, aunque los demás ya no comprenden su voz. Todo aquello que reconocemos como humano sigue dentro, encerrado en una forma que provoca repugnancia.
El exoesqueleto da cuerpo a la prisión. La habitación levanta paredes alrededor de la asfixia. La transformación vuelve visible aquello que, expresado como una idea, quizá habría resultado soportable. Además, descubre hasta qué punto el lugar que ocupaba entre los suyos dependía de aquello que podía hacer por ellos.
Yo no pensé todo esto a los dieciocho años. Simplemente arrojé el libro. El cuerpo había comprendido algo antes de que la cabeza lograra ordenarlo.
Con el tiempo he pensado que algunos escritores se acercan y nos colocan una mano bajo el mentón para girar nuestra cabeza hacia una zona que quedaba fuera del campo visual. Kafka fue menos delicado: él me cogió por la solapa y me agitó.
La mirada que escribe
En su ensayo Fracasa mejor, Zadie Smith se pregunta por qué un escritor puede dominar la técnica y, aun así, producir una obra que parece literatura pero no termina de ser verdadera.
Para Smith, el estilo no es un adorno, sino la huella inevitable de una manera de estar en el mundo. Entre la novela imaginada y la escrita siempre se interpone la persona: sus miedos, su vanidad y su capacidad para permanecer delante de aquello que mira. Por eso, escribir es un ejercicio de distribución de la atención: el autor decide qué adquiere relieve y qué zonas permanecen en penumbra.
Pero esa mirada propia no nace de forma espontánea; exige un proceso de eliminación. Hay que retirar el lenguaje obsoleto, los eslóganes y las verdades ajenas que hablan a través de nosotros antes de que hayamos comenzado verdaderamente a mirar. Solo tras apartar esas capas aparece una verdad que no depende de la biografía del autor, sino de su precisión.
Eso fue lo que reconocí en Kafka: una conciencia que había sabido dar forma a algo que para mí todavía era informe. La habitación de Gregor, sus patas inútiles, las voces detrás de la puerta y la repulsión de su familia concedían contornos a una angustia que dentro de mí todavía no los tenía.
Heredamos las palabras, y ellas nos moldean sin que lo notemos. Llamamos bondad a lo que es solo obediencia. Llamamos naturaleza difícil a lo que es apenas agresividad. Ahí interviene el escritor: pone en duda lo evidente, y a lo que habíamos reducido a etiqueta le devuelve su peso. Eso hizo Kafka conmigo. Iluminó una zona interior que yo no sabía que existía, y cambió mi manera de entender la utilidad y el afecto. Me dio una imagen para pensar lo que antes no tenía cómo pensar.
Hay confirmaciones que nos encierran y reconocimientos que nos abren.
Permanecer ante una vida: la mirada de Chris Whitaker
Muchos años después, Chris Whitaker me hizo girar la cabeza de otra manera en Empezamos por el final.
La novela contiene una trama poderosa, un crimen antiguo, secretos, suspense y revelaciones dosificadas con precisión. Whitaker sabe cuándo ofrecer una respuesta y cuándo retirarla, cómo cerrar un capítulo dejando una pequeña herida abierta en el siguiente.
Sin embargo, lo que permaneció conmigo fue su manera de mirar a los personajes.
Whitaker escribe sobre personas que llevan encima el daño que han sufrido y también el que han causado. Sería sencillo reducirlas a una categoría: culpable, víctima, policía, niña problemática, anciano huraño, hombre arruinado por una decisión del pasado.
La novela se resiste a encerrarlas ahí.
Duchess se nombra a sí misma forajida. La palabra le permite transformar la indefensión en una identidad que parece fuerte. Se ocupa de su hermano, se anticipa al golpe y ataca antes de que alguien encuentre la manera de herirla. Su mordacidad, su crudeza y su violencia dejan entrever a la niña que sigue existiendo debajo, una niña a la que no permitieron permanecer en la infancia el tiempo suficiente.
Walk, el sheriff enfermo de Parkinson, está construido con otra clase de resistencia. La lealtad, la bondad y el amor no lo libran del error. En Whitaker, las virtudes tampoco son limpias. Pueden confundirse con la obstinación, la culpa o la incapacidad para aceptar que el pasado no se repara obedeciendo siempre a la misma promesa.
Mientras leía, me preguntaba si el autor iba a tener alguna vez piedad de sus criaturas.
Las somete a una dureza casi insoportable. Les quita lo poco que todavía parecía sostenerlas. Y, pese a todo, existe una compasión profunda en su negativa a reducirlas al peor momento de sus vidas.
Whitaker no borra la culpa ni convierte la redención en inocencia. Permanece mirando el tiempo suficiente para que una vida empiece a desbordar el nombre que le habíamos puesto.
Esa permanencia transforma el juicio. La agresividad de Duchess deja ver el esfuerzo de una niña por protegerse; la sequedad puede contener una forma torpe del amor. Una persona culpable conserva zonas que su acto no consigue anular. Mirarla de ese modo no equivale a absolverla, sino a admitir que una vida es más extensa que el veredicto con el que intentamos encerrarla.
La prosa de Whitaker participa de esa mirada. Una fábrica se convierte en el lugar donde los sueños de los hombres se transforman en humo que sale por una chimenea. Las tuberías y los andamios adquieren la forma de intestinos y el edificio se alza como una catedral metálica.
Kafka encontró una forma para la angustia. Whitaker ensanchó el espacio moral que yo era capaz de conceder a sus personajes.
El talento del lector
El escritor no puede completar solo esa operación.
Zadie Smith lleva su reflexión hacia una afirmación menos complaciente: leer también exige talento. Se refiere a la capacidad de recibir una conciencia distinta de la nuestra, incluso cuando su forma de comprender el mundo resulta extraña o casi ofensiva para la razón.
Leer bien implica aprender la clase de atención que una obra necesita.
El lector puede negarse. Puede exigir que el libro lo represente, confirme sus ideas y le devuelva rápidamente su propia imagen. Entonces la literatura se convierte en un espejo.
La identificación posee un valor real. Yo me reconocí en el mundo de Kafka, aunque mi vida no se pareciera a la de Gregor Samsa. Pero aquel reconocimiento no fue confortable. Kafka me devolvió algo propio transformado por una forma que jamás se me habría ocurrido.
En otras ocasiones, leer exige hacer sitio a aquello que no se parece a nosotros. Concederle existencia antes de juzgarlo y permitir que despliegue su lógica sin traducirla inmediatamente a nuestras categorías.
Una obra no transforma por ser difícil ni nos deja intactos por ser popular. Lo decisivo es si recorre las vías de percepción que ya conocemos o consigue abrir otra. El escritor puede colocar la mano bajo nuestro mentón, aunque el lector siempre puede tensar el cuello y resistirse al desplazamiento.
El lugar al que vuelve la cabeza
Se dice a menudo que un libro puede cambiarnos la vida. La frase resulta tan grande que cuesta reconocer dentro de ella las modificaciones pequeñas y persistentes que produce una lectura.
Al día siguiente seguimos viviendo en la misma casa. Conservamos nuestros hábitos, nuestras preocupaciones y muchas de nuestras ideas. Pero algo puede haberse movido.
La hostilidad de alguien nos hace preguntarnos qué intenta proteger. Una persona empieza a desbordar la culpa en la que la habíamos encerrado. Un lugar de trabajo deja ver, detrás de su funcionamiento cotidiano, la materia de las vidas que consume.
El libro ha alterado ligeramente el ángulo.
Quizá olvidemos parte del argumento e incluso las frases que subrayamos. Persiste la dirección hacia la que ciertos escritores nos hicieron mirar y aquello que, después de haber adquirido forma, ya no pudimos devolver por completo a la oscuridad.
A veces el gesto es suave.
Otras veces un escritor tiene que agarrarnos por la solapa.